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Ahora en Cádiz. KIKO VENENO "ÉCHATE UN CANTECITO" ¡¡¡20 años después!!!. 15 agosto, El Baluarte de la Candelaria, de Cádiz.

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Échate otro cantecito con Kiko Veneno el 15 de agosto, en El Baluarte de Cádiz

Dice la gente que han pasado mas de 7.000 días desde que el Lobo López se encontró con su amada, unos 240 meses desde que Joselito dejo a sus 7 novias, y 20 años desde que el del Mercedes Blanco llego a la feria del ganado!
Sí, 2 décadas desde que escuchamos por primera vez la de Superhéroes de Barrio, la de Mensajero, Fuego, Me siento en la Cama, Reír y Llorar, Salta la Rana, y como no, la de “si tu no te das cuenta de lo que vale el mundo es una tontería” (Echo de Menos). Canciones que han marcado la banda sonora de nuestra vida.

El MIÉRCOLES 15 DE Agosto en El Baluarte de la Candelaria de Cádiz, celebra con Kiko Veneno este disco generacional.

P.D.:Por supuesto fin de fiesta con otros clásicos de Jose María López Sanfeliú de toda su carrera, y alguna sorpresa más.

ARTISTA INVITADO: CHOCOLATA

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CUANDO ESPAÑA COGIÓ EL PUNTO DE KIKO VENENO

Cuando se extinguía 1992, España amaneció con una resaca mortal. Algunos de los fastos de aquel año habían resultado triunfales pero, al hacer las cuentas, el país se descubrió en crisis: agotado y arruinado.

¿Arruinado? ¡No en lo cultural!. Ese año merece ser recordado también por la emergencia de una figura mayor. Hasta Échate un cantecito, Kiko Veneno era considerado un artista de culto. Podía haber participado en dos de las obras más revolucionarias de la Transición (Veneno, La leyenda del tiempo) pero no vendía bajo su nombre. Y en España, madrastra feroz, abundan los artistas malditos con problemas para llegar a fin de mes.

Pero el Kiko Veneno de 1992 ya no es el nómada hippy que había grabado con CBS, Nuevos Medios o Twins con mínimos rendimientos comerciales. A los 40 años recién cumplidos, ha asimilado lecciones de arte y vida. Responsable de una familia, tiene un empleo alimentario en la Diputación sevillana, nada glamouroso: se ocupa de catalogar, revisar, renovar las infraestructuras culturales. Discretamente, ha logrado la cuadratura del círculo: trabajo de base por las mañanas, tardes reservadas para las canciones.

Las de Échate un cantecito se benefician de sucesivas revelaciones. Por ejemplo, visitar los Carnavales de Cádiz y comprobar que, a pesar del barullo, se entienden perfectamente las letras. Comprender, además, que ya ha superado el rol de gurú de la contracultura sureña: posee coplas de amplio espectro, que pueden pulsar las cuerdas emocionales del gran público más sensible.

Sobre todo, Échate un cantecito es una labor de equipo. Desde 1989, Kiko tiene como sparring creativo a Santiago Auserón, que le hace entender la importancia del trabajo artesanal, de la métrica y la sonoridad, de pulir las genialidades, de desechar letras o músicas hasta llegar al diamante de muchos quilates. Kiko lo intuía; ahora sabe cómo llegar.

Auserón sirve de puente hacia Jo Dworniak, el británico que ayuda a dar forma universal a los cantecitos. Unos días en Sevilla y, ya en Londres, un mes largo de producción. Ahora, con la reproducción del diario de la grabación, somos testigos del proceso: no hay milagros, el asunto es “prueba y error” y vuelta a insistir. En esas páginas amarillas, Kiko deja hueco a los testimonios de nativos y visitantes: músicos, familia, Auserón. Están haciendo arte mientras asimilan la “London experience”. Un documento asombroso, con un Kiko ilusionado y tenaz: el último día, horas antes de tomar el avión de vuelta, ante la consternación de los ingleses, está cantando por enésima vez Joselito, finalmente convencido de que “ese soy yo”.

Échate un cantecito es un disco de primavera que sale en otoño y que ayuda a superar los excesos del 92. Kiko retrata la ignorada España real y consigue compartir sus visiones intimas. Nos deslumbra un filósofo callejero que se expresa con puntería verbal, con genuino humanismo, con resonancia emocional. El arte sevillano de facturar canciones desde el underground alcanza madurez y universalidad.

Échate un cantecito rueda con impulso propio: es un álbum que revela su grandeza sin prisas, sin campañas de televisión. Su consagración ocurre al año siguiente, con una prodigiosa gira por teatros, Kiko Veneno y Juan Perro vienen dando el cante. Es la celebración del reencuentro del talento y su audiencia natural, punto de partida para el derrame de una música genuinamente propia, un rock de madera noble, energizado por ritmos brasileños y aires cubanos, con África en el corazón. Y tan español, tan genial como un gazpacho.

DIEGO A. MANRIQUE
(15 de mayo de 2012)


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